Andaba yo hace unos días preparándome para mi cotidiano paseo lunar en el que Zizou, mi perro, aprovecha para correr, saltar, jugar, hacer sus necesidades. Hacemos pequeños reconocimientos en una superficie en la que no se producen apenas cambios, exceptuando pequeñas ‘apariciones’ fantasmales de hondonadas en el suelo cuya explicación tiene un origen más físico que parapsicológico. Trajes debidamente sellados y comprobados, escafandras fielmente acopladas, tanques de oxígeno debidamente llenos y ya estábamos listos para salir. Tan solo hice una última comprobación en la vestimenta de mi perro porque no quiero tener problemas con el único compañero que tengo en el módulo lunar, cuya presencia es básica para mi equilibrio mental y emocional. Estábamos listos para navegar…
No hay nada que reseñar en los primeros momentos, exceptuando una pequeña alarma tras ver a lo lejos un objeto verde que destacaba respecto al entorno gris que le rodeaba. Cuando iba a iniciar la maniobra de desplazamiento hacia el objeto, con mi corazón empezando a latir más y más deprisa -“¿será posible encontrar algo verde en la Luna?”-, Zizou acudió raudo y veloz hacia el mismo reclamo, con la lentitud que le marca el entorno del satélite. Tengo bien enseñado a mi perro y desde luego que es un buen rastreador al que en algunos momentos se me antoja apodarle "Google”. Desde luego que Zizou, cuando no presenta problemas, navega y busca de lo lindo, de lo mejor que he podido encontrar. Mi corazón volvió a su ritmo normal cuando me entregó el resultado de su búsqueda; tan solo era el tapón de alguna botella de agua o similar que en alguna anterior expedición alguien dejó tirado tras unas rocas. Ni tan siquiera en la Luna puedo librarme de las micro-contaminaciones humanas que en conjunto van ensuciando el planeta Tierra. Cómo no, en la Luna, debían aparecer huellas del paso del hombre, como aquella lata de “Mirinda” que un día encontré con una bandera española de papel adherida a un palito de madera dentro del orificio; una extraña y sucia manera de reclamar que “un español ensució aquí y mira qué gracioso queda”.
Pasamos alrededor de dos horas terrestres navegando por la Luna y regresamos tras observar que Zizou, mi explorador lunar y compañero, trabajaba cada vez más y más lento. Empezó a preocuparme porque en muchos momentos se detenía y mostraba una actitud ‘pensante’ que en momentos me llegó a preocupar; no atendía a mis llamadas, intentaba activar su modo buscador para intentar reactivar su actitud, e incluso acudí al método “spanish mode” dándole pequeños toques en las nalgas. Pero Zizou no respondía, es más, cuanto más actuaba sobre él, más se detenía y ralentizaba. Así que regresamos al polvoriento módulo y desconecté todos los aparatos de navegación lunar para que no interfiriese en la búsqueda de la explicación sobre lo que le estaba sucediendo a mi perro. Cerré todas las aplicaciones del panel de control de la base para realizar mis pesquisas y activé mi “antivirus” on-line, un pequeño módulo acoplado a mi estación que detecta automáticamente y en vivo si ocurre algún problema o enfermedad en cualquier ser vivo. Es en ocasiones molesto, sobre todo para un animal que es ajeno a todos estos avances de la ciencia que nosotros vemos como milagrosos y él no es capaz de distinguirlos de una silla o un abrigo de plumas, solo objetos. Y tras ponerlo en marcha, entre brillantes luces, sonidos agudos y chorros de aire, similares a un secador de pelo, con mi perro asustado, chillando, golpeando las paredes acristaladas del cubículo del ‘antivirus’, llegaron los resultados.
Efectivamente mi perro estaba infectado pero no por uno, sino por varios virus y algo que el antivirus identificó como ‘spyware’ y ‘adware’. Me sorprendieron unos resultados que yo solo identificaba en elementos informáticos pero pronto empecé a entender lo que allí vi escrito. Esperando su salida del cubículo, Zizou comenzó a sacudirse las orejas. Efectivamente pude ver cómo se desprendían de su cuerpo pequeñas ‘cookies’ que probablemente se habían adherido a él durante nuestro paseo. Quizás no fui lo suficientemente prudente en su protección, dejé algún elemento abierto y por ahí se introdujeron estos extraños elementos de los que yo desconocía su existencia. Rápidamente realicé una limpieza de sus ‘cukis’ pero fue insuficiente. Zizou seguía lento y, lo peor de todo, es que podría estar contagiándome a mí también porque empezaba a encontrarme algo somnoliento. El ‘antivirus’ online que poseo en el módulo lunar tan solo tiene la función de detección y no de eliminación con lo que tuve que pasar al plan B y llamar a su antivirus de verdad: la veterinaria Ileana Karspersky.
Hacía años que no requería los servicios de la doctora Ileana y pronto pude darme cuenta de que no iba a ser de gran utilidad. Cuando encendí el módulo de conexión con la veterinaria solo pude exclamar un “¡Dios mío!”. La doctora Ileana vestía chaqueta de hombreras, jeans lavados a la piedra y el pelo cardado… ¡Ileana estaba desactualizada! Probablemente estaba sin actualizar desde los años ochenta. Le pedí que se actualizara para poder sanar óptimamente a mi perro pero pedía un dinero que desde mi módulo en la Luna me era imposible conseguir. Comentó que sin la actualización solo podría detectarme pequeños virus cuya existencia data de hace más de veinte años y que, probablemente, ya ni existiesen. Se me cayó el mundo, aún más observando cómo Zizou se encontraba cada vez más y más lento, adormecido, sin capacidad de reacción, y que de su cuerpo estaban intentando desprenderse pequeñas ‘cukis’ y ‘espaiwers’ que resultaban peligrosos para el resto de la base si llegaban a adherirse a otros elementos. Pero desde la Tierra me aconsejaron otro antivirus, éste gratuito, que podría llegar a sanar a mi perro e impedir nuevas infecciones. Se trataba del doctor Martín Avira, bien conocido en su mundo pero que su gratuidad me hacía desconfiar. Se ofreció de buena gana a ayudarme y, para ganarse mi confianza, vino hacia mi módulo, se instaló y se actualizó delante de mi. Pero algo no fue bien del todo.
A pesar de que aplicó todos sus conocimientos para la sanación de Zizou, cierto es que no lo consiguió. Zizou comenzó a despertarse de su aletargamiento, sus ojos vivarachos comenzaron a funcionar de nuevo, se levantó y rápidamente activó su modo buscador, claro indicador de sus ganas de volver a explorar y buscar nuevas cosas que conocer. Busqué entre su pelaje y no encontré ningún tipo de ‘cuki’, ni ‘adwer’ ni ‘espaiwer’ superficial, exceptuando el chip de reconocimiento tras su oreja. Todo empezaba a estar en su sitio, le di las gracias al doctor y marchó. Pero un día después de su marcha, y sin que Zizou hubiese aún vuelto a pasear conmigo, se desplomó en mis brazos. Zizou estaba más enfermo que nunca y su gesto azul fue el que me indicó que sucedía algo grave en su interior y activó todas mis alarmas. Me miraba pero no me respondía, trataba de dormirle y despertarle a la vez, en una acción de reinicio que no provocó más que un aumento del problema que le estaba devorando. Zizou ya no gemía, ya no se movía, sus ojos empezaban a apagarse. Mi querido explorador no solo estaba enfermo sino que se encontraba afectado todo su sistema y estaba a punto de quedarme sin él. Contacté con el doctor Avira pero dijo que él había hecho todo lo posible. Claro, no dejaba de ser un antivirus gratuito y no se le podía pedir más. Pero yo no podía perder a Zizou. Aún estaba conectado a la vida pero estaba llegando a su fin debido a un potente virus que el doctor no pudo desinfectar. Su muerte iba a afectar a mi sistema y tenía que tomar medidas drásticas. Consulté mis archivos de primeros auxilios y, cotejando, llegué a una curiosa conclusión: si mi perro estaba infectado por elementos informáticos, la única solución era formatearlo. Me puse manos a la obra…
Zizou estaba tumbado sobre la mesa de aluminio que en ocasiones uso para comer, en ocasiones para trabajar. No hacía gesto ninguno y la desesperación inundaba mis pensamientos. No se movía y por ello le provoqué un nuevo reinicio tras el formateo… Y cuando mis ojos empezaban a tornarse en ríos fue cuando sucedió el milagro. Empezó a brillarle la mirada y su cola comenzó a tintinear, signos inequívocos de que regresaba al mundo de los vivos. Zizou volvía a estar conmigo, mi pequeño buscador, mi navegador del alma, mi querido explorador, mi amigo. Alzó su cabeza y se incorporó hábilmente, me miró y se abalanzó hacia mi como si hubiesen pasado años sin vernos, me lamía, correteaba, saltaba, brincaba y de repente me ladró… “¡Wof!”. -¿Wof?- pensé yo. Todos sabemos que los perros hacen “guau” y no “wof”. -“¡Dios mío!”- Exclamé por segunda vez en la misma jornada. ¿Sería posible que Zizou se hubiese quedado tarado tras el formateo? ¡Mi perro estaba ladrando en inglés! Comencé a observarle y comprobé que tampoco reconocía sus juguetes ni identificaba su plato de comida, no atendía a mis órdenes y no paraba de emitir ese “wof” casi ensordecedor. Casi, casi se podría decir que Zizou no conocía nada de sus hábitos y había olvidado incluso ladrar. ¿Y por qué pudo reconocerme entonces a mi? Volví a los archivos y gracias a Dios encontré todas las respuestas.
Zizou estaba desactualizado y necesitaba pluggins para reconocer el mundo que le rodea, ¡cómo no!, además de los archivos de memoria que tenía antes de la operación. Ésta parte quizás fue la que más tiempo me llevó pero la más fácil para mi ya que tenía un módulo de actualizaciones automáticas que iba a realizar todo el trabajo por mi. El por qué a mi sí me pudo reconocer aún es un misterio. La parte que me tocó únicamente fue la de volverle a enseñar lo que él sabía antes de su formateo, algo que siempre llevo registrado en diferentes discos y archivos. Aproveché para desechar malos hábitos del animal y solo enseñarle lo bueno. Los trabajos terminaron y Zizou volvió a ser quien era. Mi perro ya reconocía cada rincón del módulo, lamía su plato pidiendo la comida que, él sabía, guardaba en el armario de la cocina, mordisqueaba su juguete de goma favorito, el señor ‘hot-dog’, y en días posteriores, comprobé que reconocía todo el entorno de la superficie por donde cotidianamente paseamos los dos juntos.
Tras formatear a mi perro, mi vida en la estación es tranquila y equilibrada porque a pesar de que la mayoría del día no interactuemos, tan solo su presencia me mantiene sosegado. Es difícil encontrar los motivos de por qué sucede esto, quizás sea ese vínculo afectivo que nos une y que me hace sentir responsable de una vida a la que tengo que cuidar y hacer sentir lo mejor posible en este mundo que vivimos.
No te recomiendo que formatées a tu perro porque no es plato de buen gusto pero, en mi caso, Zizou ha vuelto a correr, ha vuelto a mirarme a los ojos con alegría y, sobre todo, mientras salta alrededor de las rocas lunares en busca de nuevos objetos que explorar, vuelve a reclamar mi atención con un “¡Guau!”… ésta vez ladrado en español.





Hola! ay ay pensaba que al final perdías a Zizou menos mal que lo formateaste, a veces no hay nada como un formateo a tiempo jejeje.
Abrazos!
Ay cariño, que imaginación tienes, me fascina este relato, muy en tu línea de principio a fin. De verdad, a veces pienso que por gente como tu a mi me tocó cero creatividad.
Me alegra que Zizou esté perfeto y ladrando alegremente en español (Guaaauu!!! -como son los ladridos en otro idioma???-). Oye, por un segundo me recordó a Soy Leyenda, cuando Will Smith pierde a su preciosa pastor aleman Samantha, que tristeza.
Miles de besos de la Tierra a la Luna para ti, y unos mimos para el precioso Zizou (oye!!! pero que no me muerda)
Muaaack
Pobre Zizou las cosas que le pasan, ese es el detalle de vivir en la Luna, pero a poco no mola el estar ahí? Lo bueno es que ya se encuentra bien.
Sí DAVID, ¡Jajaja! Un formateo a tiempo y "muerto el perro se acabó la rabia"... ¡Bueno no! Muerto el perro no, ¡Jajaja! Pero todo está en su sitio de nuevo ;) Abrazos!
Pues si TANI, los ladridos también tienen idiomas. Como ya conté, los perros dicen "Wof" en inglés y "Guau" en español, jeje. Me comentaron que en China dicen algo así como "nomecomas" pero aún tengo que confirmarlo. Y si, algo así como en la película de "Soy Leyenda" es lo que nos aportamos el uno al otro. No pudiste referirte a un mejor ejemplo. Y tranquila que Zizou no muerde, jeje. ¡Besos!
Si GLADYS. Molar mola al principio vivir en la Luna pero luego llega a ser una rutina soporífera si no buscas algo en qué entretenerte. Gracias a Dios tengo gente que sigue este blog, con el que me entretengo, y que lee y mis peripecias, y muchas más gracias le doy por tenerte siempre ahí. Zizou ya se encuentra bien y espero que sea por tiempo, ¡MIL BESOS PARA TI! EMATK
Hola! felicidades de nuevo por ser el ganador de el 1er musicrobio, y gracias por tu comentario en mi blog.
He estado leyendo algunas de tus entradas, perdona que no hubiese dejado un comentario antes, si hay algo que resaltar es desde luego tu creatividad y originalidad, me ha gustado mucho el relato... por un momento recorde a tom Hanks en "naufrago" cuando gritaba "Wiiiiilson!!!".. supongo que algo asi debe sentirse cuando pierdes a tu perro en la Luna...
La verdad es que a veces me vendría bien formatearme... un re-inicio claro y limpio con las energias recargadas...
Te sigo leyendo,
Un fuerte abrazo!
=D
Querido: ando tan liado que apenas tengo tiempo para no dejar morir mi blog. Esto, creo que se mantendrá por algunos meses más. Ya conoces las minucias de la vida en la Tierra: trabajas más, hay más dinero, pero menos tiempo para lo que también nos gusta.
Lo importante es que ya me he puesto al día con todos los posts. Me quedo en este porque es el que más me ha gustado; porque tus expediciones lunares reflejan lo gris que va la vida aun por estos lados. Así pues, una enorme ENHORABUENA por el texto tan bien logrado.
Saludos desde Bogotá.
Creo que este paseo lunar con tu perro es lo mejor que te he leído, je, je. Me alegra que tu único compañero en la luna siga vivito y coleando, y ahora, tras ese formateo, seguro que puede volver a saltar y a escarbar en las profundidades de la luna para hacerte asombrar de las cosas que nos pasan a los terrícolas...
Un saludete